Inicio » Honduras y el dilema de las marchas del poder

Honduras y el dilema de las marchas del poder

Honduras y el dilema de las marchas del poder Masiva e histórica caminata eclesiástica del 16 de agosto de 2025. FOTO | Cortesía.

En Honduras, la política parece haberse trasladado a las calles. Tanto el oficialismo como la oposición apelan a las marchas como su principal recurso para demostrar fuerza. El número de asistentes se presenta como si fuera una especie de urna electoral adelantada, una votación simbólica donde el conteo no es de papeletas, sino de cuerpos presentes. Esta dinámica despierta una inquietud: ¿hasta qué punto estas manifestaciones sustituyen el debate de ideas y la construcción de propuestas reales?

Las protestas tienen un valor indiscutible en cualquier democracia. Charles Tilly, uno de los grandes teóricos de la acción colectiva, explicaba que las marchas forman parte de un “repertorio de contención”: es decir, modos históricamente aprendidos en los que la ciudadanía expresa sus demandas y desafía al poder. En ese sentido, llenar plazas y avenidas es tan legítimo como votar cada cuatro años, porque es una manera de recordarle al Estado que la sociedad sigue viva y vigilante. 

Sin embargo, cuando esta práctica se convierte en la medida casi única de legitimidad política, el panorama se vuelve más complejo. En lugar de debatir programas de gobierno, evaluar políticas públicas o confrontar propuestas viables, los actores políticos compiten por ver quién convoca más simpatizantes. La democracia, en esos momentos, parece reducirse a un espectáculo de convocatoria masiva.

Desde la teoría de las oportunidades políticas, Sidney Tarrow ha señalado que los movimientos sociales crecen cuando existen grietas en el poder o cuando las instituciones se debilitan. Cada crisis electoral, cada escándalo de corrupción o cada confrontación entre élites abre la puerta para que las calles se llenen. Es entendible, en sistemas donde la confianza en las instituciones es baja, la gente recurre al espacio público como un canal inmediato de expresión. Pero aquí surge el dilema: si todo se juega en la calle, ¿qué pasa con el debate programático?

Lo que se observa con frecuencia es un divorcio entre la fuerza de la movilización y la calidad de las propuestas. Las consignas son efectivas para emocionar, pero pocas veces se traducen en planes concretos. Giovanni Sartori advertía que la democracia no puede limitarse a procedimientos formales ni a expresiones simbólicas; necesita de un debate informado que ofrezca soluciones a los problemas de fondo. 

Esto no significa que las protestas carezcan de valor. Al contrario, son parte esencial de la vida democrática. El punto es que no deberían ser un fin en sí mismas, sino un medio para abrir conversaciones más profundas. La calle puede y debe servir como catalizador, pero la construcción de país requiere foros de deliberación, propuestas técnicas y políticas públicas bien diseñadas. Como señala la teoría de movilización de recursos, las marchas son más efectivas cuando logran articular redes, agendas y proyectos que perduran más allá de la efervescencia del momento.

En época electoral, Honduras tiene un gran reto, es reequilibrar la balanza. Marchar es un derecho, pero gobernar exige más que capacidad de convocatoria. Se necesitan líderes que conviertan la energía de las calles en compromisos reales, en reformas que respondan a la gente con hechos y no solo con consignas. La democracia madura no se mide únicamente por la cantidad de banderas ondeando en una avenida, sino por la seriedad de las propuestas y la transparencia en su ejecución.

Al final, las marchas seguirán siendo parte del paisaje político. Lo que está en juego es si se quedarán como simples urnas callejeras, efímeras y emocionales, o si se transformarán en el punto de partida de un debate más profundo y responsable. Porque el país necesita no solo la voz que grita en la calle, sino también la mano que escribe políticas viables y el liderazgo que se atreve a ejecutarlas. Solo así la democracia en Honduras podrá avanzar de la demostración de fuerza al ejercicio real de soluciones.


Sobre la autora

Mtra. Ericka V. Cerdas Solano
Internacionalista con especialidad en Sinología por la Universidad de Nankai (China) y maestra en Gestión Pública Aplicada por el Tecnológico de Monterrey. Analiza tendencias globales y su impacto en América Latina. Sus columnas abordan políticas públicas, modelos de gobernanza y la agenda internacional desde una perspectiva crítica y estratégica.


Otros artículos de esta autora:

Trabajar menos para vivir mejor

La democracia necesita más que sólo el voto


Envíalo
Verificado por MonsterInsights