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Cuando la emoción gana a los datos en política

Política y esperanza

Vivimos rodeados de cifras. Cada día hay nuevas encuestas, estudios, gráficas, informes que nos dicen cómo está el país, qué opinan los demás, quién miente y quién dice la verdad. Pero algo curioso pasa: los datos ya no convencen a nadie. Se pueden mostrar pruebas, documentos, videos, investigaciones completas… y aun así, hay quienes no creen. La verdad dejó de depender de los hechos y empezó a depender de la emoción. En política, lo que importa no es lo que es cierto, sino lo que se siente verdadero.

La psicología lleva años tratando de entender este fenómeno. El lingüista George Lakoff dice que no pensamos con lógica, sino con “marcos mentales”, ideas profundas que moldean la forma en que entendemos el mundo. Los datos, por sí solos, no cambian nada si chocan contra esas creencias. El psicólogo Drew Westen lo explica igual de claro: la política no se gana en la cabeza, sino en el corazón. Cuando un líder logra tocar la emoción de la gente, la razón se retira del escenario.

Por eso, cuando alguien se identifica con un político, no solo lo apoya: lo adopta. Lo defiende con el alma. Si se le muestran pruebas de que ese líder miente o abusa del poder, la reacción no es pensar, sino protegerlo. No se trata de ignorancia, sino de instinto. Como dice Jonathan Haidt, otro estudioso del tema, primero decidimos con el estómago y después buscamos razones para justificarlo. En política, eso significa que el problema no es la falta de información, sino el exceso de fe.

Este tipo de relación entre líderes y seguidores no es nueva. El sociólogo Max Weber la llamó hace más de un siglo “liderazgo carismático”: ese poder que nace de la devoción hacia una persona que parece especial, distinta, casi elegida. Y cuando un país atraviesa una crisis, ese tipo de figura aparece con facilidad. En medio del miedo, la frustración y la desconfianza, la gente busca un salvador. No alguien que administre, sino alguien que los redima.

Miremos a Brasil. En los últimos años, Jair Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva, enemigos políticos, han construido vínculos casi religiosos con sus seguidores. Para unos, Lula sigue siendo el obrero redentor que le dio voz a los pobres. Para otros, Bolsonaro es el patriota incorruptible que enfrentó al mal. Ninguna investigación ni escándalo logra quebrar esas convicciones. Los datos no pesan tanto como el relato. Y cuando la política se convierte en religión, cualquier crítica suena a blasfemia.

Algo parecido pasa en El Salvador. Nayib Bukele, con su estilo moderno y su discurso de orden, ha logrado lo que muchos creían imposible: reducir drásticamente la violencia. Pero también ha concentrado el poder y limitado libertades. Aun así, su popularidad roza niveles históricos. No porque la gente ignore las advertencias, sino porque él encarna algo más poderoso que los hechos: esperanza. En una región donde la corrupción y el cansancio son parte de la rutina, la esperanza vale más que cualquier estadística.

Las redes sociales amplifican todo esto. Son templos digitales donde cada grupo vive rodeado de su propia verdad. El algoritmo se encarga de alimentar solo lo que confirma nuestras creencias. Así, discutir se vuelve inútil. Nadie escucha, todos predican. La política se llena de creyentes y se vacía de ciudadanos.

Pero la emoción no es el enemigo. Es necesaria. Mueve, inspira, da sentido. Lo peligroso es cuando la emoción toma el control absoluto, cuando se convierte en dogma. Una democracia sana necesita personas que sientan, pero que también piensen. Que puedan admirar sin rendirse, apoyar sin callar, creer sin cegar.

Tal vez la tarea más urgente no sea producir más información, sino aprender a entenderla sin fanatismo. Reconocer cuándo la emoción nos arrastra. Aprender a dudar sin miedo, a cambiar de opinión sin culpa. No hay nada más valiente que revisar nuestras propias certezas.

Porque cuando los datos no bastan, no es la información la que está fallando: somos nosotros. Nos cuesta aceptar que el político que admiramos también puede mentir, que el partido que apoyamos también se equivoca. Y así seguimos, aferrados a la ilusión de que alguien tiene todas las respuestas.

Pero los países no se salvan con fe, sino con pensamiento crítico. No con héroes, sino con ciudadanos capaces de mirar más allá de sus afectos. Cuando entendamos eso, los datos volverán a tener sentido.

Y así, y solo así, la política volverá a ser un espacio donde pensar no sea una ofensa.


Sobre la autora

Mtra. Ericka V. Cerdas Solano
Internacionalista con especialidad en Sinología por la Universidad de Nankai (China) y maestra en Gestión Pública Aplicada por el Tecnológico de Monterrey. Analiza tendencias globales y su impacto en América Latina. Sus columnas abordan políticas públicas, modelos de gobernanza y la agenda internacional desde una perspectiva crítica y estratégica.


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