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Trabajar menos para vivir mejor

reduccion jornada laboral Ericka Cerdas

Reducir la jornada laboral no es una utopía, sino una respuesta concreta a la crisis de productividad, salud mental y desigualdad.

Por Ericka Cerdas

Durante décadas, la productividad y el crecimiento económico se han asociado a jornadas extensas y disponibilidad permanente. Se nos vendió la idea de que trabajar más significaba aportar más. Sin embargo, la evidencia empírica más reciente indica lo contrario; trabajar en exceso no sólo no mejora el rendimiento económico, sino que también deteriora la salud física, emocional y social de las personas. En este contexto, la reducción de la jornada laboral debe de ser tomada como una propuesta seria y urgente.

Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, países como México, Colombia y Costa Rica registran algunas de las jornadas laborales más extensas del mundo, con promedios superiores a las 2.000 horas anuales por persona. Sin embargo, estos países están muy lejos de ser los más productivos. En contraste, países como Alemania, Dinamarca o los Países Bajos trabajan significativamente menos horas al año, muchas veces por debajo de las 1.400, y muestran mayores niveles de productividad por hora trabajada.

Esta aparente paradoja tiene una explicación sencilla; más horas no siempre significan más producción. De hecho, diversos estudios han demostrado que existe un punto de saturación a partir del cual las horas adicionales reducen la eficiencia y aumentan los errores, el estrés, el ausentismo y la rotación laboral. La revista The Lancet publicó un metaanálisis que revela que las personas que trabajan más de 55 horas por semana tienen un riesgo hasta un 33 % mayor de sufrir accidentes cerebrovasculares y enfermedades cardiovasculares en comparación con quienes trabajan entre 35 y 40 horas semanales.

La Organización Internacional del Trabajo también ha advertido sobre los efectos negativos de las largas jornadas en la conciliación entre la vida laboral y personal, la salud mental, y la igualdad de género. Las mujeres, en particular, cargan con una doble jornada: la laboral remunerada y la doméstica no remunerada, lo cual agrava las brechas estructurales en nuestras sociedades.

Ante este panorama, la reducción de la jornada laboral se está convirtiendo en una tendencia global. Francia implantó la jornada de 35 horas en el año 2000 con resultados mixtos pero positivos en cuanto a calidad de vida y empleo. Más recientemente, Islandia llevó a cabo uno de los estudios piloto más amplios entre 2015 y 2019, demostrando que una jornada reducida (de 40 a 35 o 36 horas semanales) puede mantener, o incluso mejorar, la productividad y el bienestar de los trabajadores.

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En América Latina, el debate sobre la reducción de la jornada laboral avanza con cautela y no está exento de retos. Algunos sectores expresan reservas por el posible impacto en la competitividad o el aumento de los costos laborales. Sin embargo, es importante considerar que la productividad no depende únicamente de la cantidad de horas trabajadas, sino también de aspectos como la capacitación del personal, el uso de tecnología, la organización del trabajo y la motivación de los colaboradores. En otras palabras, más que la cantidad, lo que importa es la calidad del tiempo dedicado al trabajo.

Además, reducir la jornada laboral puede contribuir positivamente a la generación de empleo, al permitir una distribución más equitativa del tiempo de trabajo entre más personas. Esta medida también puede dinamizar la economía al estimular el consumo, al tiempo que promueve un mejor balance entre la vida personal y profesional. A largo plazo, ayuda a disminuir los costos en salud pública asociados al estrés y otras enfermedades relacionadas con el exceso de trabajo, y fortalece la cohesión social. En esencia, permite resignificar el trabajo no como una carga, sino como una herramienta para el bienestar y el desarrollo integral de las personas.

Los avances tecnológicos también juegan un papel clave. La automatización y la inteligencia artificial permiten hacer más en menos tiempo, pero es necesario que los beneficios de esa eficiencia se traduzcan en mejoras reales para los trabajadores. De lo contrario, corremos el riesgo de profundizar desigualdades y precarización.

Por lo anterior, reducir la jornada laboral no es una utopía ni un lujo. Es una necesidad impostergable si queremos construir sociedades más sanas, equitativas y productivas. Insistir en modelos obsoletos que privilegian la cantidad por encima de la calidad solo nos condena al agotamiento, al estancamiento económico y al malestar social.

La evidencia es clara, trabajar menos puede significar vivir mejor, producir de forma más inteligente y construir un país más justo. Postergar esta discusión equivale a perpetuar un sistema ineficaz y desgastante. Los países que comprendan esta oportunidad y actúen con visión estratégica liderarán la transformación del mundo laboral. Los que no, seguirán atrapados en un modelo que ya no sirve.

Es hora de decidir en qué lado de la historia queremos estar.


Sobre la autora

Mtra. Ericka V. Cerdas Solano
Internacionalista con especialidad en Sinología por la Universidad de Nankai (China) y maestra en Gestión Pública Aplicada por el Tecnológico de Monterrey. Analiza tendencias globales y su impacto en América Latina. Sus columnas abordan políticas públicas, modelos de gobernanza y la agenda internacional desde una perspectiva crítica y estratégica.


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