Por Yonny Rodríguez
La postal miente. La ciudad que se ofrece a la mirada externa es una ciudad domesticada, recortada, sometida al deseo del turista, del inversionista, del nostálgico. Pero hay otra ciudad, una que no entra en el encuadre ni en la curaduría oficial. Es una ciudad herida, nocturna, sudorosa, que se arrastra entre olores y afectos desbordados, entre perros y cuerpos que ya no creen en el porvenir. Esa es la ciudad que camino.
El centro histórico de Tegucigalpa no es una joya colonial. Es una herida viva, suturada malamente con discursos de patrimonio y gentrificación. Aquí no hay cafés de autor ni librerías boutique. Hay mercados calientes donde se venden frutas golpeadas, hay esquinas con hombres que duermen abrazados a su sombra, hay mujeres que han hecho de una grada su sala de espera eterna. Hay ruido. Hay mugre. Hay verdad. Como diría Walter Benjamin, es el detrito de la historia lo que verdaderamente define la modernidad: ese «montón de ruinas» que el progreso deja a su paso mientras avanza sin mirar atrás.1
Quienes han sobrevivido aquí —no habitar, sino sobrevivir— saben que la estética del centro no es visual, sino afectiva. Es el olor a fritanga mezclado con perfume barato. Es la sensación de inseguridad que te hace caminar rápido y, al mismo tiempo, te enseña a mirar con atención. Es el gesto de alguien que comparte un cigarro, un vaso de fresco, una blasfemia. Esta ciudad no se representa: se siente.
Lo que Jacques Rancière llama “la distribución de lo sensible”2 aquí se reorganiza a cada paso. Lo visible y lo invisible, lo digno y lo vulgar, lo que merece atención y lo que es desechado, se confunden en cada esquina.
He visto a los perros callejeros organizar sus propias formas de gobierno. Se reparten las esquinas, protegen territorios, reclaman lealtades. A veces son más coherentes que los humanos. Viven en una biopolítica de la espera: esperan que alguien les tire un hueso, que no los patee el policía municipal, que la noche no los sorprenda con hambre. Son los habitantes perfectos de esta ciudad rota.
Foucault escribió sobre el “biopoder”3 como esa forma en que los cuerpos son gestionados, clasificados, regulados. Aquí los cuerpos quedan fuera de toda gestión. Son resto, sobra, residuo.
Y están también los cuerpos humanos, fragmentados por la historia, por el capital, por el abandono. Jóvenes que ya no creen en las ONG ni en los partidos. Madres que venden golosinas y silencio. Viejos que fueron funcionarios y ahora sólo son cuerpos que ocupan una banca. La ciudad que no entra en la postal es una ciudad de cuerpos sin épica, pero con memoria.
No niego que he querido salir de aquí. Que he fantaseado con calles limpias, trenes puntuales, techos europeos. Incluso viajé a París, Madrid, Milán, y lloré frente a cuadros de Goya y edificios que resistieron guerras. Pero regresé. Porque entendí que hay una estética que no se aprende en museos: la estética de lo jodido, de lo sobreviviente, de lo que insiste. Y esa estética está viva en Tegucigalpa.
Susan Sontag, al reflexionar sobre el dolor en el arte, recordaba que ver la herida no es lo mismo que comprenderla, y que hay cierta dignidad en no mirar hacia otro lado.4
A veces camino con miedo. Otras con ternura. La ternura que nace del reconocimiento: esa señora que vende atol soy yo. Ese cipote que duerme en la acera podría haber sido yo. Esa ciudad sucia y contradictoria, también soy yo. Porque la ciudad no solo se habita, se encarna.
Y aunque nos digan que lo valioso está allá afuera —en las vitrinas del primer mundo, en la arquitectura restaurada, en los barrios con rejas y cámaras— hay belleza en lo que resiste sin pedir permiso. Hay verdad en lo que no cabe en los folletos. Hay historia en los restos. La ciudad que no entra en la postal no necesita permiso para existir. Está viva. Y con eso basta.
Lo que queda fuera de la postal






Notas y fuentes
- Walter Benjamin, Tesis sobre la filosofía de la historia (1940). ↩︎
- Jacques Rancière, El reparto de lo sensible (2000). ↩︎
- Michel Foucault, Historia de la sexualidad. Vol. 1: La voluntad de saber (1976). ↩︎
- Susan Sontag, Ante el dolor de los demás (2003). ↩︎
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