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Carías es un «zombie» que sigue vivo en Honduras

Carías Zombie

Caminar por Tegucigalpa no es recorrer una capital moderna; es transitar por un organismo diseñado hace casi un siglo. El pasado no se ha ido porque se hizo concreto. Se hizo piedra rosada y adoquín. Tiburcio Carías Andino no solo gobernó el país por dieciséis años; lo pavimentó. Su presencia no es un recuerdo vago en los libros de texto, sino una estructura física que nos obliga a tocar su voluntad cada vez que cruzamos un puente o subimos una cuesta.

El asfalto de las avenidas principales es una capa delgada y frágil. Bajo el sol del mediodía, cuando el calor dilata el suelo, la piel de la ciudad se agrieta y revela lo que hay debajo: los adoquines. Ahí están, firmes, recordándonos que el esqueleto de Honduras sigue siendo el mismo. Es una geografía del orden. La tesis de «Tiburcio Carías Andino: Enclave y Dictadura (1933-1949), de Alejandro Sagastume Fajardo, describe este periodo como la consolidación del Estado-Nación bajo el modelo de enclave. Pero para el ciudadano de a pie, esa «institucionalización» se traduce en muros que no se caen.

Carías entendió que el poder, para durar, debía ser infraestructura. Su relación con los Estados Unidos, que venía desde la década de los veinte con el apoyo de bombarderos financiados por las bananeras para derrocar a López Gutiérrez, le permitió traer una ingeniería de la permanencia. Un ejemplo es el puente colgante de Choluteca. Erigido por manos estadounidenses, es un brazo de acero que parece ignorar el paso del tiempo. Aunque el nombre oficial cambie o el río crezca, para muchos sigue siendo el puente de Carías. Es una marca imborrable en el paisaje sureño.

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En la capital, el fenómeno se repite. El Parque El Picacho vigila desde lo alto como un ojo que nunca parpadea, mientras que La Concordia nos sumerge en un jardín de réplicas mayas, un intento estético de fijar la identidad nacional en la piedra. No son solo lugares de recreo. Son hitos de un régimen que utilizó la obra pública como una forma de silencio. El orden cariísta se basó en el control absoluto y la eliminación del conflicto civil. Al caminar por estos parques, se siente todavía esa quietud pesada, esa «paz» que se impuso a fuerza de encierro y destierro.

Incluso los objetos de lujo de la época parecen conservados en una cápsula de tiempo. En el Museo Villa Roy descansan los carros que el presidente Roosevelt le regaló. Sus carrocerías brillan bajo la luz natural, impecables, como si esperaran que alguien encendiera el motor para retomar la ruta de 1940. Son trofeos diplomáticos que validan un sistema que se fusionó con los intereses del capital extranjero. Junto a ellos, los bustos. El de Choluteca, tallado en 1938, y el de la sede nacionalista en Tegucigalpa, mantienen la misma expresión severa. Son centinelas de bronce que no han sido exhumados de la vista pública.


Postal del Parque Carías en Choluteca, que data de 1938.

Recientemente, se intentó un gesto de ruptura: renombrar el Estadio Nacional como Chelato Uclés. Fue un acto político que buscaba quitarle el nombre de Tiburcio Carías Andino a la mole de concreto que domina el centro. Pero la piedra es terca. Se puede cambiar la placa de la fachada, se puede pintar el muro de otro color, pero la estructura sigue siendo la misma que Carías levantó para concentrar a las masas. Cambiar el nombre es apenas un rasguño en la superficie de una dictadura que se aseguró de ser el cimiento del país.

Honduras habita una herencia que se niega a morir porque es útil, porque sostiene el tráfico y porque define el horizonte. El muerto no necesita hablar; le basta con ser el puente que usamos, el parque donde descansamos y el suelo que pisamos.


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