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La estatua que nunca fue Ney

morazan no es Ney

En 1982, durante su discurso de aceptación del Premio Nobel en Estocolmo, Gabriel García Márquez afirmó que el monumento a Francisco Morazán en Tegucigalpa era, en realidad, una estatua del mariscal Michel Ney comprada en un depósito parisino de esculturas usadas.

La frase no era nueva. Provenía de Eduardo Galeano, quien la había recogido de una carta de Leopoldo Lugones dirigida a Froylán Turcios, publicada en la revista Ariel. Allí se preguntaba si era cierto que la estatua hondureña correspondía al mariscal napoleónico.

Más que un dato histórico, la afirmación se convirtió en un relato. Y como todo relato eficaz, condensaba una metáfora poderosa: la precariedad latinoamericana, la impostura republicana, el símbolo comprado de segunda mano.

El problema es que la historia documental cuenta otra cosa.

El monumento fue encargado por el gobierno de Marco Aurelio Soto y formalizado mediante decreto del 27 de agosto de 1882, firmado junto a Ramón Rosa. La contrata fue suscrita con el ingeniero Francisco Durini por 27 mil pesos plata. Durini subcontrató al escultor francés Leopoldo Mourice, quien realizó la obra en los talleres parisinos de los hermanos Thiebaut. La estatua ecuestre fue colocada en Tegucigalpa el 30 de noviembre de 1883, durante la presidencia de Luis Bográn.

Además, investigaciones posteriores —como las de Rafael Leiva Vivas en La estatua de Morazán (2005)— revisaron archivos diplomáticos en París y confirmaron la autenticidad del encargo.

¿Por qué entonces sobrevivió con tanta fuerza la versión de Ney?

Porque no era solo una acusación material; era una alegoría política. La idea de que Centroamérica levantó como héroe a un mariscal europeo reciclado funcionaba como crítica cultural más que como constatación empírica. La frase circuló desde 1947 en autores extranjeros, reapareció en Las venas abiertas de América Latina y terminó consagrada en la voz de García Márquez ante el mundo.

El rumor se volvió verdad literaria.

Pero la literatura no es archivo. Y la potencia simbólica de una metáfora no sustituye la trazabilidad de un decreto, una contrata o un taller de fundición.

Quizá lo más revelador no es que la estatua no fuera Ney, sino que muchos hondureños hayan terminado creyéndolo y repitiéndolo. Allí opera otra dimensión del monumento: no como bronce ecuestre, sino como campo de disputa narrativa.

Morazán no necesitaba ser eterno; bastaba con que su imagen resistiera.
Y resistió no solo al traslado físico de su emplazamiento, sino también al traslado simbólico que quiso convertirlo en otro.

La estatua nunca fue Ney.
Lo que sí fue —y sigue siendo— es un espejo donde se proyectan nuestras dudas sobre la nación.


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