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Muros en Tegucigalpa: ¿Seguridad real o el fin del espacio público?

muros Tegucigalpa

Hay una frase que muchos hondureños escuchamos en la infancia, casi como un refrán de la arquitectura popular: “Cuesta más el muro que la misma casa”. De niños, nos parecía una exageración de los adultos. Hoy, al recorrer cualquier colonia en Tegucigalpa o San Pedro Sula, nos damos cuenta de que no era una broma, sino una profecía. En Honduras, no construimos hogares; diseñamos fortines.

Nuestra arquitectura no busca la belleza ni el confort, busca la supervivencia. Hemos invertido más en concreto para separarnos que en espacios para encontrarnos.

I. De la acera al portón, una breve genealogía del encierro

No siempre vivimos así. Si revisamos las fotos viejas de nuestras ciudades, o si todavía caminamos por los cascos históricos que sobreviven, notamos algo extraño para nuestros ojos modernos: las casas tenían porches. La gente sacaba su silla de mimbre a la acera a ver pasar la tarde. La seguridad no era un dispositivo técnico de 12 voltios; era una red humana. Eran los “ojos de la calle”, como decía la urbanista Jane Jacobs: el vecino que sabía quién eras, de quién eras hijo y a qué horas llegabas.

Pero algo se rompió. En los años 80 y 90, la violencia dejó de ser una noticia lejana y se instaló en el jardín de enfrente. La respuesta fue inmediata y física: estiramos los muros. Primero fue una cerca de madera, luego una de bloques, después le pusimos serpentina y, finalmente, coronamos todo con electricidad.

El hito final de este divorcio social llegó con los “Barrios Seguros” de Ricardo Álvarez. Lo que se vendió como una solución de emergencia para frenar a las maras, terminó siendo la claudicación del Estado. Al permitir que la gente cerrara sus calles con portones y garitas, el gobierno nos dijo: “No puedo cuidarlos, así que enciérrense y cuídense ustedes como puedan”. Ese fue el día en que la calle dejó de ser de todos para ser solo de quienes pagaban la cuota del guardia.

II. La paradoja de la vigilancia: grabar no es cuidar

Aquí es donde caemos en la trampa que ilustra tan bien el colectivo Plan B. Creemos que por tener una cámara apuntando a la acera estamos más seguros, pero la vigilancia tecnológica es post-delictiva. Como bien dicen: la cámara solo graba lo que ya pasó; solo nos sirve para ver, en 4K y con frustración, cómo se llevan el carro o cómo asaltan al repartidor.

La verdadera vigilancia, la preventiva, es la social. Es el vecino que te reconoce desde su ventana. Pero, ¿cómo te va a reconocer si ahora hay un muro ciego de tres metros entre su ventana y la calle? Al levantar el muro para “protegernos”, matamos la vida de barrio. Convertimos la calle en un pasillo hostil, en un espacio de nadie.

III. El muro no soluciona el miedo, lo confina y lo potencia

Vivir en un circuito cerrado genera una ilusión de paz, pero es una paz con fecha de caducidad. El problema del muro es que, aunque te protege del «afuera», también te encierra con tus propios demonios. Cuando caminamos por una calle rodeada de muros ciegos y serpentinas, el mensaje que recibe nuestro cerebro no es de seguridad, sino de peligro inminente. Si todo el mundo tiene muros tan altos, es porque el mundo debe ser un lugar terrible.

Como dice el artículo de Plan B, el muro potencia el miedo porque elimina la visibilidad. Una calle donde nadie ve es una calle donde nadie te cuida. Al fragmentar la ciudad en pequeñas burbujas, hemos creado guetos de riqueza frente a guetos de carencia, y en medio, una tierra de nadie donde la empatía no sobrevive. La paradoja es cruel: entre más nos encerramos, más vulnerables nos volvemos al salir de la burbuja.

IV. La democracia se debilita en la banqueta

Pero el ciudadano no es el único que se ha escondido. Lo más grave ocurre cuando las instituciones que deberían servirnos se transforman en “edificios fortaleza”.

En Honduras, entrar a una oficina pública o a un hospital a veces se siente como intentar entrar a una base militar. Hay explanadas vacías, rejas dobles y guardias con escopetas que te miran con sospecha antes de preguntarte qué buscas. Esa desconfianza institucional se traduce en una barrera psicológica que aleja al ciudadano. Si el edificio que debe representarte te trata como un sospechoso antes de cruzar la puerta, la democracia se muere un poquito ahí mismo, en la acera.

Estos edificios se vuelven parásitos del espacio público. Usan la luz, el drenaje y las calles de la ciudad, pero no le devuelven nada a la vida de barrio. No hay un jardín que se pueda ver desde afuera, no hay una banca donde sentarse, no hay sombra. Solo hay concreto y la orden de «circular».

V. El Estado de Excepción o el muro como ley

Desde 2022, Honduras vive bajo un Estado de Excepción que parece haberse vuelto parte del paisaje, igual que los portones de Ricardo Álvarez. Es la versión jurídica del muro: una medida que restringe garantías con la promesa de una seguridad que no termina de llegar.

Si el muro es la respuesta física al fracaso del Estado, el Estado de Excepción es la respuesta política. Ambos parten de la misma premisa: el control a través de la restricción. Sin embargo, después de años de decretos y décadas de muros, la pregunta sigue en el aire: ¿Realmente nos sentimos más seguros?

La realidad es que el crimen solo se desplaza. El delincuente no desaparece ante el portón del circuito cerrado; simplemente busca la casa que no tiene muro o la calle que no tiene cámara. Hemos privatizado la seguridad, convirtiéndola en un privilegio de quien puede pagar la cuota de mantenimiento, mientras el resto de la ciudad se queda a oscuras.


VI. Recuperar la ventana

Para Bucentauro, este no es solo un tema de urbanismo, es un tema de identidad. ¿Qué tipo de cultura estamos gestando en pasillos de concreto donde no nos vemos las caras?

La comunidad no va a nacer de una cámara de seguridad con visión nocturna, ni de un decreto de emergencia. La comunidad nace cuando volvemos a tener ventanas que miran a la calle y vecinos que se reconocen por su nombre. Recuperar el espacio público no significa quitar los portones de un día para otro —sería ingenuo pedirlo en una realidad tan violenta como la nuestra—, pero sí significa empezar a cuestionar esta arquitectura de la fragmentación.

Necesitamos ciudades que dejen de tratarnos como prisioneros o sospechosos. Porque una ciudad que solo sabe construir muros es una ciudad que ya se dio por vencida.


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