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Bad Bunny y nuestra xenofobia de clóset

xenofobia Bud Bunny

En el reciente espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX, Bad Bunny logró algo que va más allá del entretenimiento: articuló una postura política sin necesidad de confrontación directa. No utilizó un discurso partidista ni recurrió a la queja fácil; en su lugar, envió señales claras de identidad, pertenencia y comunidad. Fue un recordatorio de que la cultura latina tiene un espacio propio —y ganado— en el centro de la atención global.

En América Latina, la reacción fue casi unánime: celebramos ese gesto porque nos vimos reflejados en él. Fue un “aquí estamos y aquí seguimos” que no necesitó gritar para ser escuchado.

Sin embargo, detrás de ese aplauso colectivo se esconde una contradicción que rara vez queremos enfrentar. El problema aparece cuando ese orgullo proyectado hacia el exterior se convierte en un distractor para no mirar lo que ocurre dentro de nuestras propias fronteras. Criticamos con asombrosa rapidez los discursos de exclusión que provienen de Estados Unidos o Europa, pero al mismo tiempo hemos empezado a normalizar versiones locales de ese mismo rechazo.

En nuestros debates nacionales, en las redes sociales y en las mesas familiares, ya es habitual escuchar que “vienen a quitarnos la salud”, “vienen a colapsar los servicios” o “vienen a traer inseguridad”. Lo más preocupante no es solo que estas frases existan, sino que han dejado de ser reprochables.

Hoy, este tipo de discurso se ha vuelto políticamente rentable. Se presenta bajo el disfraz de preocupación por las finanzas públicas o como una supuesta defensa de la soberanía nacional, pero el núcleo sigue siendo el mismo: convertir al otro —al vecino— en una amenaza. Cuando esta narrativa empieza a dar resultados electorales, los políticos la repiten y la perfeccionan. Algunos la suavizan para no parecer extremistas, pero mantienen su esencia porque saben que el miedo y el resentimiento movilizan votantes con mayor rapidez que cualquier plan de gobierno técnico o detallado.

Analizar esto con seriedad exige realismo. No se trata de negar que existan problemas. En muchos de nuestros países hay una presión real sobre los servicios públicos; sistemas de salud que ya estaban estresados mucho antes de cualquier flujo migratorio; comunidades que sienten que el Estado simplemente no llega. Negar estas carencias es un error y no ayuda a resolver nada.

Lo que sí debemos cuestionar con firmeza es el atajo político que consiste en transformar una presión administrativa real en odio organizado contra un grupo específico. Una cosa es gestionar la migración con reglas claras, registros eficientes y capacidad institucional; otra, muy distinta y peligrosa, es usar la migración como explicación automática de problemas estructurales que arrastramos desde hace décadas: mala planificación, corrupción, evasión fiscal o falta de inversión.

Desde la ciencia política y la psicología social se ha explicado ampliamente la lógica del “nosotros contra ellos”. Se construye la idea de un “pueblo” que merece todo y de un “otro” que estorba o arrebata lo ajeno. Este mecanismo es especialmente eficaz en tiempos de incertidumbre económica porque ofrece un culpable con rostro y nombre para problemas que son, en realidad, complejos y sistémicos. Cuando la ciudadanía siente ansiedad por su futuro o cansancio por los malos servicios, se vuelve más receptiva a relatos de competencia y escasez.

El problema ético surge cuando los liderazgos, en lugar de gestionar esa ansiedad con soluciones reales, deciden explotarla para ganar simpatía.

Cuando un candidato afirma “nos quitan la salud que pagamos con nuestros impuestos”, rara vez propone una reforma al sistema de financiamiento o mejoras en la gestión hospitalaria. Lo que hace es activar un marco emocional que divide la dignidad humana entre quienes pertenecen al grupo “correcto” y quienes no. Así, cualquier debate técnico termina convertido en un juicio moral sobre quién tiene derecho a existir dentro del sistema.

El contraste con lo que celebramos en el Super Bowl es, por tanto, una lección de humildad. Aplaudimos la unidad y el orgullo latino cuando se proyectan bien hacia afuera, pero en casa toleramos una versión local de ese mismo rechazo, dirigida casi siempre hacia otros latinoamericanos. Al final, no somos tan distintos de los sectores que criticamos en otros países; simplemente nos cuesta aceptar que estamos utilizando sus mismos métodos.

Si queremos romper este ciclo de polarización, debemos elevar el estándar de lo que exigimos a nuestros líderes. Necesitamos campañas basadas en propuestas verificables y políticas públicas ejecutables, no en la creación de enemigos útiles para ganar elecciones. Se puede —y se debe— defender el orden y la institucionalidad, pero eso no implica hacerlo desde el desprecio.

Normalizar discursos de división puede ayudar a ganar votos hoy; a largo plazo, solo garantiza un país más difícil de gobernar y una democracia más frágil para todos.


Sobre la autora

Mtra. Ericka V. Cerdas Solano
Internacionalista con especialidad en Sinología por la Universidad de Nankai (China) y maestra en Gestión Pública Aplicada por el Tecnológico de Monterrey. Analiza tendencias globales y su impacto en América Latina. Sus columnas abordan políticas públicas, modelos de gobernanza y la agenda internacional desde una perspectiva crítica y estratégica.


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