La política no es una foto estática, sino un proceso lleno de tensiones, rupturas y continuidades. El reciente post de Rasel Tomé, anunciando la creación de una nueva facción dentro de Libertad y Refundación (Libre) tras la paliza electoral que sufrieron en noviembre de 2025, no es un simple arrebato en redes sociales. Es, en esencia, un ejercicio de manual de lo que se define como la búsqueda de un nuevo relato ante la crisis de liderazgo. Libre ya no es el bloque monolítico que marchaba bajo una sola orden; hoy es un espejo roto donde cada fragmento intenta reflejar una verdad distinta para no morir en el olvido.
Lo primero que salta a la vista es el uso de la memoria como arma de combate. Tomé apela a un clivaje que divide al partido entre «la cúpula que se acomodó» y «la base que fue olvidada». Al mencionar que tuvieron que «tragar gas» y que el partido nació en las calles, Rasel no está hablando del pasado, está deslegitimando el presente de la familia Zelaya. Es una jugada audaz: ante la derrota estrepitosa, el culpable no es el ideal, sino quienes lo gestionaron desde las oficinas alfombradas de Casa Presidencial. Como diría Cas Mudde en La ultraderecha hoy, cuando los partidos tradicionales (o los que se comportan como tales) fallan en dar respuestas, surgen estos liderazgos internos que reclaman una vuelta a las raíces, una suerte de «populismo de base» para enfrentar a la «élite» que, según ellos, traicionó el espíritu original.
Pero no nos engañemos. Esta nueva facción, que suma nombres como Jorge Aldana o Rafael Sarmiento, también responde a la fragmentación de las coaliciones. En Honduras, el poder se mueve por rachas, y tras el fracaso en las urnas frente al bipartidismo, las «tribus» de Libre han entrado en modo pánico. Saben que la marca «Libre-Zelayismo» quedó muy golpeada y que, para llegar al 2029 con alguna posibilidad, necesitan «airear» el partido. Es la creación de una identidad secundaria para rescatar a los náufragos de una gestión que la gente castigó por la falta de medicinas, el desempleo y la inseguridad.
El lenguaje de Tomé es cercano, casi visceral, buscando conectar con ese militante que hoy se siente «macerado y excluido». ¿Es una ruptura real o es un «ping-pong» pactado para que Libre no pierda a su gente decepcionada? Si usamos las gafas críticas, vemos que Rasel está intentando construir un liderazgo de «ruptura y continuidad» al mismo tiempo. Rompe con la dirección actual para dar continuidad al proyecto, presentándose como el salvador de una casa que se está incendiando.
Sin embargo, el riesgo es alto. En política, la fragmentación suele ser la antesala de la irrelevancia. Mientras Rasel intenta «volver a donde inició todo», el país sigue moviéndose, las necesidades cambian y la rebeldía —como bien plantea Pablo Stefanoni— ya no parece ser propiedad exclusiva de la izquierda. Si Libre se queda encerrado en sus peleas de pasillo, discutiendo quién es más «puro» o quién tragó más gas hace una década, corre el riesgo de volverse un partido de nicho, una reliquia nostálgica mientras otros, con discursos más pragmáticos o incluso más radicales de derecha, se roban el descontento popular.
En conclusión, lo de Rasel no es solo un post; es el inicio de la canibalización de Libre. Es el intento de un sector por sobrevivir al naufragio de 2025 construyendo una balsa propia, usando como madera los restos de un ideal que el poder desgastó en tiempo récord. Veremos si este «Frente Amplio» es una solución real o simplemente el último suspiro de quienes no saben cómo ser oposición después de haberlo perdido todo.
Seguir al autor de este artículo.