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La democracia a contrarreloj: El peligro de la inmediatez

velocidad digital

Costa Rica inaugura el calendario electoral global de 2026. Este 1 de febrero iremos a las urnas. En el imaginario colectivo seguimos siendo una democracia estable, con elecciones sin sobresaltos y reglas claras. Pero a lo interno el ambiente se siente distinto. Hay miedo, hartazgo y mucha tensión. La conversación pública se ha ido cerrando en una lógica peligrosa: los “buenos” que dicen amar al pueblo contra los “malos” que supuestamente no dejan gobernar. El grito y el desplante se han vuelto parte del libreto del poder, como si tratar mal a funcionarios, instituciones y adversarios fuera una señal de carácter.

Ese estilo encaja con el populismo de estos tiempos, que simplifica el país en “nosotros” contra “ellos” y vende fuerza donde debería haber responsabilidad. Normalizar esa forma de hacer política no sale barato. Después cuesta volver a hablar, a confiar y a poner límites sin que todo se convierta en pelea.

El cansancio que se percibe en las calles no es solo un tema de ánimo. David Easton distinguía entre el apoyo al gobierno de turno y el apoyo al sistema democrático. Lo normal es criticar a quienes mandan. El problema es empezar a sentir que la democracia ya no sirve para resolver los problemas públicos. En palabras de Seymour Martin Lipset , un sistema que no es capaz de resolver problemas pierde legitimidad. Pippa Norris agrega que, cuando las expectativas chocan con la realidad una y otra vez, crece el desencanto y cae la confianza. En ese clima, la política se vuelve una carga diaria, no un espacio de participación.

A esa pérdida de confianza se suma algo que golpea la legitimidad por la vía más simple, los números. Robert Dahl decía que una democracia funciona mejor cuando combina participación alta y competencia real. Legal, sí. Contundente, no. En la segunda ronda de 2022 votó el 56,8 por ciento del padrón y la abstención fue 43,2 por ciento. El presidente electo ganó con 52,8 por ciento de los votos válidos, pero eso equivale a cerca de 29,2 por ciento del padrón total. En un país frustrado porque las soluciones no llegan, ese dato explica parte del enojo y la frustración. No es cuestionar el voto, es entender la realidad: gobernar con menos respaldo obliga a más dialogo, más acuerdos y más respeto por las reglas. 

Además, vivimos en una época que está marcada por inmediatez. Todo compite por reducir la espera. Pedimos algo y llega rápido. Una plataforma nos sugiere qué ver y en segundos estamos viendo “lo recomendado”. Esa cultura de velocidad no se queda en lo privado, se traslada a lo público. Queremos que el Estado responda con el ritmo de la vida digital. Y cuando no pasa, el enojo aparece rápido.

Hartmut Rosa explica esto como aceleración social. La expectativa de rapidez crece, pero las instituciones no cambian al mismo ritmo. El Estado sigue siendo procesal, lleno de pasos, controles y límites. Eso desespera, pero no siempre es un defecto. Max Weber defendía la burocracia como un sistema de reglas que evita arbitrariedades y obliga a justificar decisiones. Es lenta, sí, pero su lentitud también protege. No depende del humor de una persona. No debería depender de berrinches ni de impulsos.

Ahí aparece el caldo de cultivo perfecto para el populismo. Cas Mudde lo define como una visión que separa la sociedad entre un pueblo supuestamente puro y una élite corrupta, y que afirma que la política debe obedecer una sola voluntad general. En la práctica se traduce en un guion conocido: el Estado no avanza porque hay estorbos, las instituciones frenan porque están “capturadas”, los críticos no critican, sabotean. El líder no gobierna, “rescata”. Con esa lógica, saltarse controles se presenta como valentía y concentrar poder se vende como eficiencia.

En Costa Rica, como en otras partes de la región, la promesa de “resolver rápido” ya se está traduciendo en ideas concretas. Se habla de cambiar la Constitución como si fuera algo simple, como si las reglas del país se pudieran ajustar para que el gobierno trabaje más cómodo. También se vende la idea de recortar garantías individuales con el argumento de combatir al narcotráfico. Lo inquietante es que muchas personas, en vez de preocuparse, apoyan estas propuestas. Claramente se sienten victimas del sistema y de ahí nacen los sentimientos de cansancio, frustración y miedo. Cuando las personas sienten que nada funciona, es más fácil creerle al que promete mano dura y soluciones rápidas. Ahí el populismo gana terreno, hace ver los derechos y los controles como “estorbos”, y presenta más poder concentrado como si fuera la única salida.

Esta elección se siente distinta porque ya no solo se discuten planes de gobierno. Se discute la relación con los límites, con las reglas, con el respeto. Costa Rica necesita resultados en seguridad, empleo y servicios públicos, sin duda. Pero también necesita recordar algo básico, la democracia es más lenta porque desconfía del poder, y esa desconfianza es sana. La pregunta de este 1 de febrero no es solo quién gana. Es qué estamos dispuestos a aceptar como normal para que alguien “resuelva rápido”. Y ahí conviene ser claros: la velocidad puede ser seductora, pero si viene al precio de derechos, controles y respeto, el cobro llega después, y le llega a todos.


Sobre la autora

Mtra. Ericka V. Cerdas Solano
Internacionalista con especialidad en Sinología por la Universidad de Nankai (China) y maestra en Gestión Pública Aplicada por el Tecnológico de Monterrey. Analiza tendencias globales y su impacto en América Latina. Sus columnas abordan políticas públicas, modelos de gobernanza y la agenda internacional desde una perspectiva crítica y estratégica.


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