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Tegucigalpa: ¿Por qué ser pobre te cuesta más dinero?

pobreza Bucentauro penalizacion FOTOGRAFÍA | Leonel Estrada ©

Por Edgardo Molina

En este texto, Edgardo Molina nos ofrece una mirada directa y sin concesiones sobre la desigualdad urbana en Tegucigalpa. A partir de ejemplos cotidianos —desde el precio de un limón hasta la durabilidad de unos zapatos escolares—, el autor expone cómo la ciudad no solo segrega por ingresos, sino que penaliza la pobreza en cada interacción económica y social. Más que una denuncia, este artículo es una invitación a reconocer las fronteras invisibles que marcan nuestro día a día en la capital.


Una ciudad cada vez más privatizada

Tegucigalpa está privatizada. No sé si lo han notado, pero hoy hay que pagar hasta para ir a un parque seguro donde no tengamos que esconder el celular o exponernos al olor a marihuana. La movilidad y los espacios públicos ya no son de uso común: están condicionados por el bolsillo y el lugar de residencia.

La capital hondureña se ha convertido en un espacio donde la seguridad, el esparcimiento e incluso la posibilidad de caminar tranquilamente dependen de cuánto puedes pagar. Lo público se reduce; lo privado se expande.


Espacios y servicios segmentados por ingresos

En las últimas décadas, la ciudad se ha fragmentado en función del poder adquisitivo. Y a las pruebas me remito: no es lo mismo comprar un limón en Las Lomas que en Comayagüela.

En las colonias de mayor ingreso, un limón cuesta entre 5 y 10 lempiras; en los barrios populares todavía se consigue una bolsa con 20 limones por 20 lempiras.

Lo mismo ocurre con la comida preparada. Un “arroz chino” en Comayagüela cuesta entre 150 y 250 lempiras; en Las Lomas, entre 400 y 600 lempiras. No se trata solo del sabor, sino de la calidad y procedencia de los insumos: en zonas de menores ingresos suele emplearse carne de cortes baratos o sin certificación sanitaria, mientras que en zonas de mayor poder adquisitivo hay un mayor control y selección de ingredientes.


Pagar más por menos calidad

Esta penalización de la pobreza se ve con claridad en la compra de productos duraderos. Un par de zapatos escolares en el centro o en barrios populares, a un precio de 800 a 1,500 lempiras, puede durar apenas de tres a seis meses. En cambio, un par de marca comprado en Las Lomas, aunque cueste entre 2,500 y 3,500 lempiras, puede resistir de dos a tres años.

En la práctica, los pobres pagan más: un padre de familia con bajos ingresos tendrá que comprar hasta tres o cuatro pares de zapatos al año, mientras que en los hogares de mayores ingresos esa compra se hace solo una vez. La diferencia no está solo en el precio, sino en la durabilidad y calidad del producto.


Condicionantes invisibles

No se trata únicamente de precios. La movilidad, el vestuario, el lenguaje e incluso el aspecto físico funcionan como filtros invisibles para acceder a determinados servicios y productos.

Aunque una familia de clase media o trabajadora reciba remesas y pueda pagar un bien de calidad, muchas veces no lo compra porque las prioridades están en servicios básicos —salud, educación, vivienda— que el Estado no provee con calidad suficiente.

El teórico de la geografía urbana David Harvey lo resume así: “La ciudad es un espejo de las relaciones de poder”. La distribución desigual de bienes y servicios no es un accidente, sino el reflejo de una urbanización que segrega y jerarquiza a sus habitantes.


Una cultura del consumo limitada por la geografía

En Tegucigalpa, incluso si el dinero está disponible, el acceso simbólico a ciertos espacios sigue siendo restringido. No es común ver a un asalariado o campesino comprando un buen corte de carne o ropa de marca en las zonas de alto poder adquisitivo, no por falta absoluta de recursos, sino por barreras culturales y sociales que desalientan ese consumo.

De manera sutil, la ciudad envía mensajes: “este lugar no es para ti”. Los envía mediante los precios, pero también mediante la atención, el ambiente, los códigos de vestimenta y hasta la manera en que el personal observa o atiende a ciertos clientes.


Una ciudad diseñada para excluir

En Tegucigalpa, la inequidad se ve en cada esquina: mientras una parte de la ciudad carece de aceras seguras, otra tiene parques para perros. Mientras unos barrios enfrentan apagones y calles intransitables, otros cuentan con alumbrado constante y jardinería impecable.

El mapa urbano no solo dibuja calles y barrios: dibuja también las fronteras invisibles del privilegio y la exclusión.

Y así, la capital hondureña se convierte en lo que podríamos llamar —siguiendo a Harvey y a autores como Mike Davis— una “arquitectura de la desigualdad”, donde las formas físicas y las reglas económicas se combinan para penalizar a quienes menos tienen.


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2 comentarios en “Tegucigalpa: ¿Por qué ser pobre te cuesta más dinero?

  1. De acuerdo, lic. Edgardo Molina, cada vez estamos más sectorizados, donde la clase baja somos más vulnerables, cada día hay más limitantes en todos los ámbitos.

  2. Por ese desprecio sutil es que como pobres no se visitan lugares lujosos, en primer lugar por el habla, algunos atienden con un habla confuso en donde el pobre por ser un poco analfabeto le da vergüenza, porque al saber que si va no le van a entender, entonces, mejor no va. Concluyo, aquí en Honduras se hacen o se practican cosas que ni siquiera saben qué significa y lo hacemos sin saber el significado.

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