El 30 de noviembre no sólo se elige un nuevo presidente, si no que se juega la partida más peligrosa de los últimos años. Tres candidatos gritan, se acusan, se pintan como el fin del otro. Los medios los siguen como si fueran reality show. Y la gente, harta, decide quedarse en casa. Ese silencio es el verdadero ganador. Y el más destructivo.
Llamémoslo el nudo gordiano: un círculo que se aprieta solo. La polarización alimenta discursos de odio que, a su vez, siembran desconfianza total; la gente se pregunta “¿para qué voto si todo es lo mismo?” y opta por la abstención, dejando un presidente con menos de un tercio del padrón. Ese gobernante débil enfrenta más crisis, lo que aviva nuevo odio… y el ciclo comienza de nuevo.
En 2021, Xiomara Castro ganó con 1,7 millones de votos (aunque Nasralla afirma que fueron sólo 1,2 millones). Esto suena bien, hasta que se considera el total: 5,3 millones de personas estaban habilitadas para votar. En otras palabras, el 69 % no la eligió. No la eligieron ni a ella ni a ningún otro candidato. En las primarias de marzo pasado, la participación electoral en algunos departamentos fue inferior al 20 %. La encuesta de CID Gallup de octubre es clara: el 61 % cree que «da igual quién gane».
¿Por qué pasa? Porque la política se volvió un ring donde gana quien grita más, no quien más convence. Rixi Moncada habla de “conspiraciones criminales”. Tito Asfura promete mano dura como Bukele. Nasralla vende un partido que huele a lo mismo de siempre. Los tres saben: el miedo y el enojo venden clics, minutos en TV, tendencias en TikTok. Pero no venden esperanza. Y la esperanza es lo único que saca a la gente de su casa un domingo de elecciones.
El abstencionismo no es flojera. Es una respuesta lógica.
- Si el CNE no convence ni al 23 % de que es imparcial, ¿por qué creer en sus resultados?
- Si la violencia electoral dejó 700 incidentes en un año, ¿por qué arriesgarse?
- Si la pobreza sigue en 60 % y la luz se va todos los días, ¿por qué creer en promesas?
El que no vota no está ausente, está votando en contra del sistema. Y ese voto silencioso le quita oxígeno a quien gane. Un presidente con 30 % de respaldo real no manda: sobrevive. Y para sobrevivir, reparte cargos, negocia con los mismos de siempre, y la rueda gira otra vez.
Romper el nudo no es fácil, pero hay tijeras:
- Voto obligatorio con multa simbólica (como en Australia): obliga a los partidos a seducir, no a repeler.
- Voto electrónico para la diáspora: 1.5 millones de hondureños en EE.UU. podrían participar sin viajar.
- Pacto anti-odio firmado ante observadores internacionales: quien insulte, pierde minutos de propaganda.
- Educación cívica en las escuelas: que los niños sepan que votar no es elegir entre malos, sino construir.
El 30 de noviembre, el verdadero candidato se llama “Ninguno de los anteriores”. Si gana con 3,5 millones de abstenciones, Honduras no tendrá presidente: tendrá un rehén de sus propias divisiones internas.
No dejes que el silencio hable por ti. Vota. Aunque sea para decir: basta.
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