Francisco Morazán, héroe nacional de Honduras y mártir de la Unión Centroamericana, es a menudo presentado por la historiografía tradicional como un visionario que luchó por la libertad y el progreso. Sin embargo, esta narrativa simplista ignora las profundas tensiones de clase y los intereses económicos que subyacían a su proyecto político.
Un análisis crítico de la época, a partir de fuentes documentales, revela que la lucha entre liberales y conservadores no fue una simple batalla ideológica, sino un conflicto por el control del poder, la tierra y el capital en el incipiente Estado hondureño, donde Morazán actuó como el principal agente de una élite emergente.
Contenido
La Iglesia como rival económico y político
El conflicto con la Iglesia Católica es el punto de partida para comprender el proyecto liberal de Morazán. Contrario a la creencia popular, el enfrentamiento no fue un acto de fanatismo laicista, sino una estrategia para desmantelar a un poderoso rival económico. Como lo demuestra la ponencia «Secularización de las órdenes religiosas» de Mirian Leavel Fernández Sagastume (2017), la Corona española ya había intentado reducir el poder económico de la Iglesia en el siglo XVIII a través de la desamortización, una política que Morazán y los liberales adoptaron y radicalizaron.
La Iglesia no era solo una institución de fe; era un actor económico que controlaba vastas cantidades de tierras, ganado y minas. Al expropiar los bienes eclesiásticos, el proyecto morazanista buscó transferir estas riquezas a la naciente burguesía liberal. El historiador Rolando Sierra (1993) ha argumentado que el «liberalismo hondureño del siglo XIX fue, en esencia, una burguesía naciente en lucha por sus intereses».
La continuidad de las élites y el origen de Morazán
La tesis de Pedro Quiel (2018) sobre la Alcaldía Mayor de Tegucigalpa es una fuente clave para entender el sistema de élites. En ella se revela que la élite local, formada por funcionarios ediles y comerciantes, dominaba la economía y el poder a través de sus negocios y cargos públicos. Según Quiel, esta élite no era estática, sino que evolucionó constantemente; desde la segunda mitad del siglo XVIII, migrantes españoles se unieron a familias criollas mediante negocios y matrimonios,1 fortaleciendo sus redes de poder.
Esta dinámica se enriqueció con la influencia del capital guatemalteco en las primeras décadas del siglo XIX, como señala Luis Taracena en La ilusión minera y poder político (1998, p. 145), que integró a la élite hondureña a redes comerciales regionales, especialmente en el comercio de añil y metales preciosos.
Morazán, lejos de ser un outsider que desafió el sistema, se insertó en esta estructura desde joven. Su rol como burócrata está documentado en los registros de la Alcaldía Mayor, donde aparece como escribano en 1818, visitando tiendas y pulperías para verificar pesos y medidas (Sociedad de Geografía e Historia de Honduras, 1907, p. 599). Su trabajo como escribano para León Vásquez y su ascenso a síndico del Ayuntamiento (Urbina, 1957, p. 64) confirman su trayectoria dentro de esta élite.
La participación de su familia, con la propiedad de haciendas y luego una pulpería por parte de su padre, le brindó acceso a redes sociales que lo vincularon directamente con estos círculos de poder. Además, su matrimonio en 1825 con María Josefa Lastiri Lozano, hija de un próspero comerciante salvadoreño de origen español (Vélez Osejo, s.f.), consolidó su integración a las élites regionales, reforzando las bases económicas y políticas de su proyecto.
Lejos de combatir a las élites, el proyecto de Morazán representó un enfrentamiento entre facciones de ellas por el control del Estado y sus beneficios, sentando las bases para su visión liberal de una nueva clase dominante.
Si bien la documentación muestra la inserción de Morazán en las redes de poder de la élite, una mirada historiográfica más crítica permite desmitificar su figura y acercarla a un contexto humano y contemporáneo. La historiografía tradicional suele presentar a los liberales del siglo XIX como agentes casi heroicos del progreso y la modernización; sin embargo, al observarlos de cerca, se revelan como actores con estrategias de supervivencia política, intereses personales y contradicciones internas.
Más que visionarios inmaculados, eran hombres con dudas y calculadas negociaciones de poder, que operaban en redes clientelares y familiares que aseguraban sus proyectos, como el ferrocarril o la reorganización administrativa, no únicamente por convicciones ideológicas, sino también por pragmatismo político y consolidación de sus propios recursos.
Esta lectura humaniza a Morazán y permite al lector contemporáneo comprender la historia no como un relato épico, sino como un entramado de decisiones humanas, intereses contrapuestos y dinámicas de poder que aún resuenan en la política hondureña actual.
El proyecto liberal como expresión de una nueva burguesía
Partiendo de estas redes de poder y pragmatismo político, las reformas que impulsó Morazán, lejos de ser abstractas, estaban dirigidas a desmantelar la antigua estructura socioeconómica heredada de la colonia, basada en privilegios, monopolios y estamentos (Williams, 1920). El liberalismo morazanista buscó «terminar con las relaciones feudales de producción» y convertir el Estado en un instrumento al servicio de los intereses de la burguesía.
En este sentido, el análisis de Williams afirma que «El pensamiento morazanista se convierte en la expresión ideológica de los intereses de la burguesía» (1920, p. 393). Este enfoque revalora la lucha entre liberales y conservadores, viéndola no como un choque de ideas, sino como un conflicto de clases por la hegemonía política y económica del nuevo Estado.
El despojo como causa de la resistencia popular
Este despojo tuvo un impacto directo en las clases populares. Como se detalla en el libro Entre cruces y protestas (Ribera Guzmán, 2023), las cofradías y capellanías de la Iglesia funcionaban como un sistema de apoyo social y financiero para campesinos y artesanos. Si un ciudadano necesitaba un préstamo para comprar semillas, un apoyo para costear un funeral o medicinas para un familiar, las cofradías eran a menudo la única institución a la que podía recurrir. Al ser despojadas de sus bienes, estas instituciones perdieron su capacidad de sostener económicamente a las comunidades. La resistencia popular contra Morazán, por lo tanto, no se basó en el fanatismo religioso, sino en la defensa de su modo de vida y de las estructuras económicas que les permitían sobrevivir.
Esta resistencia se manifestó de forma concreta en levantamientos y protestas contra las reformas fiscales y las leyes de policía impuestas para compensar los ingresos perdidos tras el despojo. Aunque algunos levantamientos ocurrieron tras 1839, reflejan el descontento generado por las reformas de Morazán (Barahona, 1995, p. 101). En el poblado de Yocón (Olancho), un motín fue provocado por un impuesto de 10 reales anuales que afectaba a la población masculina de entre 18 y 50 años. De igual forma, se sublevaron los indígenas de Santa Ana y Texíguat, en un alzamiento que coincidió con una epidemia de cólera y que tenía como una de sus motivaciones la oposición al pago obligatorio del diezmo, un impuesto del que habían estado exentos desde la época colonial.
Los motines no eran solo una reacción a medidas económicas, sino que también tenían un componente explícitamente político. Entre los documentos incautados a José Bustillo, líder del levantamiento de Santa Ana y Texíguat, se encontraron escritos que se manifestaban en contra de «la persecución antimorazanista y la tiranía del general Ferrera» (Barahona, 1995, p. 101), lo que sugiere una oposición ideológica a la visión centralizadora de Morazán. Además de los motines antifiscales, el descontento popular se tradujo en movimientos separatistas. La Municipalidad de Texíguat, por ejemplo, se declaró separada del Estado de Honduras en 1838 bajo el argumento de que, con la ruptura del Pacto Federal, los pueblos quedaban en «absoluta libertad» para decidir su futuro político (Barahona, 1995, p. 101). Un caso similar ocurrió en la Municipalidad de Goascorán, que se puso bajo la protección del gobierno salvadoreño.
En suma, la oposición a Morazán en Honduras fue una respuesta compleja y multifacética. Las reformas económicas y fiscales crearon un resentimiento popular que se manifestó en levantamientos y motines, mientras las élites criollas, como la familia Lastiri, consolidaron su poder gracias al despojo. Estas revueltas no sólo debilitaron el proyecto federalista, sino que marcaron el inicio de una fractura social que perduró más allá de Morazán.
La experiencia de Morazán en Honduras se alinea con las tendencias liberales analizadas por E. Bradford Burns y David Bushnell en el contexto latinoamericano. Burns (1980) argumenta que la imposición de la modernización por las élites en el siglo XIX, como el despojo de bienes eclesiásticos, profundizó las desigualdades al priorizar intereses burgueses sobre las tradiciones populares, un patrón evidente en la resistencia hondureña a las reformas de Morazán.
Por su parte, Bushnell (1994) destaca cómo las reformas liberales en Centroamérica reconfiguraron la propiedad y fortalecieron las élites, generando fragmentación social y política, como se observa en los movimientos separatistas de Texíguat y Goascorán. Estas perspectivas regionales refuerzan la idea de que el proyecto morazanista fue un reflejo de conflictos de clase más amplios en la región.
El padre José Trinidad Reyes inmortalizó el sentimiento de indignación popular en una de sus coplas:
“Señor General,
Chico Ganzúa le llaman,
porque en las puertas de plata suelta
el puño con la espada.”
Tabla 1
Mapa de levantamientos populares en Honduras (1830s)
| Poblado / Región | Tipo de resistencia | Motivación principal | Contexto adicional |
| Yocón (Olancho) | Motín | Impuesto de 10 reales anuales (hombres 18–50) | Protesta directa contra reformas fiscales; población campesina afectada |
| Santa Ana (indígenas) | Levantamiento indígena | Oposición al pago obligatorio del diezmo | Coincidió con epidemia de cólera; dimensión económica y política |
| Texíguat (indígenas) | Levantamiento indígena / separatista | Oposición al diezmo; rechazo a centralización | Municipalidad se declaró separada en 1838 |
| Goascorán (Municipalidad) | Separatismo municipal | Bajo protección del gobierno salvadoreño | Expresión de descontento político frente al Estado hondureño |
Nota. Tabla generada a partir de la información en Barahona (1995).
El liberalismo y la génesis del modelo de enclave
El proyecto liberal de Morazán, que aspiraba a modernizar Honduras, se enfrentó a una paradoja fundamental: la debilidad estructural del Estado que le siguió. Esta fragilidad, descrita por Marvin Barahona (1995) como la incapacidad de la élite para consolidar un proyecto nacional unificado, impidió que el Estado financiara con recursos propios la infraestructura necesaria para su desarrollo.
Esta situación empujó a la élite a buscar capital en el extranjero. El fracaso del proyecto del ferrocarril es un ejemplo clave, que no fue solo un revés, sino el inicio de una nueva dependencia económica. La incapacidad financiera del Estado abrió la puerta a que compañías extranjeras obtuvieran concesiones y construyeran su propia infraestructura.
Así, el liberalismo, en su intento de modernizar el país, terminó sentando las bases para el modelo de enclave, donde la economía nacional quedó subordinada a los intereses del capitalismo internacional.
Conclusión
En conclusión, la figura de Francisco Morazán, lejos de ser un simple adalid de progreso y unidad centroamericana, debe ser vista como el principal agente de una profunda transformación de clase en Honduras. El proyecto liberal que impulsó, bajo el estandarte del progreso y la razón, fue en esencia una estrategia para desmantelar la estructura de poder colonial, dominada por una élite conservadora ligada a la Iglesia. Al despojar a la Iglesia de su vasto poder económico, Morazán no solo buscó fortalecer al Estado, sino que también reestructuró la sociedad para beneficio de una naciente burguesía a la que él mismo pertenecía.
Esta reconfiguración tuvo un costo significativo. La resistencia popular no fue un simple acto de fanatismo religioso, sino una reacción genuina de las clases bajas ante el despojo de las cofradías, instituciones que les proporcionaban un vital sistema de apoyo económico y social. Estos levantamientos, que se manifestaron en protestas antifiscales y movimientos separatistas, no sólo debilitaron el proyecto federalista, sino que revelaron la profunda fractura social que el liberalismo morazanista estaba creando.
La paradoja final de este proyecto de clase es que, al debilitar las estructuras económicas locales y crear un Estado financieramente precario, la nueva élite hondureña se vio obligada a buscar capital en el extranjero. Así, el intento de modernizar el país terminó sentando las bases para el modelo de enclave, en el que la economía nacional quedaría subordinada a los intereses del capitalismo internacional. Analizar a Morazán desde esta perspectiva no minimiza su papel histórico, sino que lo humaniza y lo sitúa en la compleja red de intereses que definió la historia de Honduras en el siglo XIX, un legado que, lejos de ser una simple marcha hacia el progreso, fue un tortuoso camino marcado por el conflicto de clases y la dependencia económica.
Referencias
Barahona, M. (1995). El Estado fragmentado (1839-1876). En A. Taracena Arriola & J. Piel (Eds.), Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica (pp. 97-114). Editorial Universidad de Costa Rica, San José, Costa Rica.
Burns, E. B. (1980). The poverty of progress: Latin America in the nineteenth century. University of California Press.
Bushnell, D., & Macaulay, N. (1994). The emergence of Latin America in the nineteenth century (2nd ed.). Oxford University Press.
Fernández Sagastume, M. L. (2017). Secularización de las órdenes religiosas 1753-1810. Ponencia presentada en el I Congreso de Historia de Honduras.
Ribera Guzmán, M. J. (2023). Desamortización, expropiación de los bienes eclesiásticos y anticlericalismo liberal en Honduras pos independencia. En E. A. Paz & R. J. Espino (Coords.), Entre cruces y protestas. Sobre la investigación religiosa en Centroamérica y el sur mexicano (pp. 395-408). UNAM.
Quiel, P. A. (2018). Mueran todos los chapetones y que vivan los Criollos: La Alcaldía Mayor de Tegucigalpa entre reforma y crisis, 1762-1817. Tesis de maestría. CIESAS.
Rosa, R. (ca. 1885). A la Juventud Hondureña, su viejo amigo Ramón Rosa. Biografía de José Trinidad Reyes. Biblioteca Cervantes en línea.
Sierra, R. (1993). Iglesia y liberalismo en Honduras en el siglo XIX. Tegucigalpa: Ediciones Subirana.
Sociedad de Geografía e Historia de Honduras. (1907). Revista del Archivo y Biblioteca Nacional de Honduras, 4.
Taracena, L. P. (1998). Ilusión minera y poder político: La Alcaldía Mayor de Tegucigalpa Siglo XIX. Editorial Guaymuras.
Urbina, A. (1957). El pensamiento creador del General Francisco Morazán al servicio de la educación en Honduras. Palibrio.
Vélez Osejo, A. (s.f.). Maria Josefa Lastiri Lozano. Historia de Honduras. https://histounahblog.wordpress.com/maria-josefa-lastiri-lozano/
Williams, M. W. (1920). La política eclesiástica de Francisco Morazán y los demás liberales centroamericanos. Hispanic American Historical Review, 3(2), 119-143.
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- Juan Bautista Morazzani, abuelo de Francisco Morazán, nació alrededor de 1735 en la isla de Córcega y se estableció en el Real de Minas de San Joseph de Yuscarán. Su familia era de comerciantes prósperos, lo que le permitió a su hijo, José Eusebio Morazán, padre de Francisco, tener acceso a una educación formal y a las redes de poder de la élite hondureña. ↩︎