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«La H» es el único país que nos queda

futbol y politica Honduras portada

Faltan doce días para volver a las urnas. Doce días de debates, promesas, ataques y esa tensión palpable que ya se siente en las calles, en las redes sociales, en la mesa familiar. Doce días de polarización en estado puro, donde los amigos se miran con recelo y los familiares evitan ciertos temas para preservar la (precaria) paz del hogar. En este turbulento mar de la política hondureña, hay un faro extraño, casi irónico, que sigue uniéndonos a todos, al menos por un tiempo: la Selección Nacional de Fútbol.

Esta es la mezcla más recurrente en nuestra Honduras. Un país que se desgarra por banderas partidarias se funde en una sola voz cuando «La H» salta a la cancha. Este meme lo captura perfecto. Esta montaña rusa emocional no es sólo una cosa de fútbol; es un síntoma.

Reflexionemos sobre esto. La política, en teoría, debería ser lo que nos una. Es el espacio donde construimos nuestro futuro colectivo, donde elegimos a quienes resolverán los problemas estructurales que nos asfixian: la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la falta de oportunidades. Pero la realidad es que la política hondureña se ha convertido en la principal fuente de división. Es un campo de batalla donde los intereses de unos pocos pesan más que el bienestar de la mayoría. Nos enfrentamos, nos señalamos, nos odiamos por defender colores que a menudo nos defraudan.

Y entonces llega el fútbol. Y con él, esa extraña magia. De repente, los votantes de un partido y los de otro se abrazan tras un gol. Quienes critican al gobierno y quienes lo defienden gritan juntos en el estadio. No hay ideologías, ni clases sociales, ni rencores. Sólo una bandera y el latido compartido por once tipos que corren detrás de una pelota. Es como un momento de tregua, un respiro de la eterna bronca política. Es como si el fútbol fuera la única narrativa en la que todos, sin excepción, estamos dispuestos a participar.

Pero aquí está el punto crucial: ¿Por qué es el fútbol, ​​y no la política, lo que realmente nos une? Quizás porque el fútbol nos ofrece una emoción pura y directa, sin las complicaciones ni las traiciones de la política. Nos da un sentido de pertenencia sin pedirnos que renunciemos a nuestra dignidad ni a nuestra capacidad de pensamiento crítico. Nos permite soñar con una victoria, por fugaz que sea, en un país donde las victorias reales y duraderas son escasas.

En el fondo, esta dependencia emocional del fútbol como unificador es un reflejo de nuestras fallas como sociedad política. Si la política fuera capaz de inspirar esa misma unidad, ese mismo entusiasmo y esa misma esperanza, ¿necesitaríamos tanto al fútbol para sentirnos parte de algo más grande? La H nos une, sí, pero su brillo sólo resalta la oscuridad de nuestra división política.

A doce días de las elecciones, mientras la tensión aumenta y las divisiones se profundizan, sólo nos queda una certeza: la próxima vez que la selección juegue, por un par de horas, seremos un solo pueblo. Luego, volveremos a nuestras trincheras políticas, esperando que, algún día, la urna nos dé una alegría tan grande como la que el fútbol, a veces, nos promete.


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