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Žižek nos dice que el amor no es un producto

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La gente dice que ama. Pero lo que ama, en realidad, es la imagen de control. Ama la lista de requisitos cumplida, el reflejo cómodo de sí mismo en los ojos del otro. Ama la certeza de la rutina, el pequeño ritual que le confirma que la vida sigue siendo manejable, que no es un caos sin sentido.

El filósofo esloveno Slavoj Žižek nos dice que eso no es amor. Eso es una auto-satisfacción sofisticada, una mercancía más del capitalismo para aliviar la ansiedad existencial. Y lo dice sin anestesia, con ese cinismo que sólo da la verdad.

La falla radical del Otro

El amor, en la jerga de Žižek, no es el encuentro de dos mitades que encajan. Eso es fantasía pura de Disney, una narrativa infantil. El amor es un acto violento y radical de decisión. Es elegir el riesgo.

La neurosis contemporánea, impulsada por la lógica de consumo (el Amor Líquido que denuncia Bauman, al que Žižek se opone), es la de no perder nada. Queremos la intensidad sin el compromiso, la conexión sin la permanencia. Nos pasamos la vida buscando a la persona que no tenga «fallas», que sea compatible al 99.9 % con nuestro molde mental. Y si encontramos una arruga, una discrepancia política o un defecto, la descartamos. Para eso están las apps, los algoritmos, el swipe interminable que nos ofrece un catálogo de cuerpos sin el desafío del Ser.

Žižek nos confronta con la verdad al decir que el verdadero amor sólo surge cuando el otro nos presenta un trauma insoportable, un punto ciego que desintegra nuestra burbuja de fantasía. Es cuando nos damos cuenta de que la persona que elegimos tiene una distancia que no se puede eliminar, un secreto o una imperfección que jamás podremos integrar a nuestro orden mental. Y es justo ahí, en esa falla radical, donde tenemos que decir: Sí, te quiero a pesar del desastre.

Si te interesa saber por qué fallamos en el amor al reaccionar a fantasmas del pasado, lee nuestro ensayo:

Memoria Emocional: Por qué a veces fallamos en el amor

El rompecabezas incompleto

Cuando Žižek habla de «elegir el desastre», no se refiere a la inmolación psicológica o a jodernos la salud mental. Se refiere a elegir el riesgo de que el otro nos cambie, de que nos obligue a modificar la estructura neurótica que usamos para protegernos. El desastre es la destrucción de nuestra fantasía de control.



El profesor Merlí lo explicó con la única analogía decente sobre el tema: el amor no es el rompecabezas que encaja. No se trata de encontrar a la persona que rellena nuestro vacío. El amor es asumir que la pieza que falta no existe, que siempre seremos dos criaturas incompletas, y sin embargo, elegimos ponernos al lado de ese otro agujero para construir algo nuevo. El amor es el rompecabezas que se construye sobre el vacío, no el que se completa.

Entonces, el amor es el único acto verdaderamente subversivo que queda, no porque sea tierno, sino porque rompe la lógica del mercado. El mercado nos dice: consuman, satisfagan, reemplacen. El amor nos dice: deténganse, elijan la permanencia en el riesgo, y aguanten.

Y si no nos atrevemos a elegir esa distancia, esa imperfección radical en el otro, entonces estamos eligiendo la soledad, la masturbación ideológica y la fantasía prefabricada. Y eso es la gran derrota del siglo XXI. El amor empieza donde termina nuestra fantasía sobre el otro. Y ese fin siempre es un acontecimiento.


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