De un tiempo acá, se ha ido gestando en el mundo el deseo de descentralizar las epistemologías. Hablamos de combatir el eurocentrismo, la heteronormatividad, el machismo… en general, posturas de interpretación (como dijo nuestro amado bigotudo, Nietzsche: «todo es interpretación») que dejan de lado una gran parte de la sociedad.  Al hablar de uno sin hacer al otro parte, hay un silenciamiento, una imposición del europeo por sobre el americano, el asiático, el africano; del heterosexual por el bisexual, el homosexual; del hombre por sobre la mujer; incluso hay quienes hablan de adultocentrismo, en el que se critica la imposición de las perspectivas adultas en oposición a la niñez.

Es claro que al hablar de descolonizar entonces hablamos de crítica. Sin criticar no hay verdaderos cambios.  Sin crítica no hay nada. Y le compete a los académicos (especialmente si dichos académicos están recibiendo un pago) crear ese pensamiento crítico.  Honduras tiene, muy a mi pesar —y al de muchos—, una academia sin académicos. Así, como café sin cafeína: te quita el antojo, pero no el sueño.

Hace unas semanas se viralizó la noticia de que la Autónoma ya no hacía parte de las mejores mil doscientas universidades del mundo (de un ranking que evaluaba menos de dos mil universidades y cuyos criterios dan mucho que desear) y el ejército mediático de la UNAH invirtió publicación tras publicación e infogramas para defender lo indefendible.  Las risas, si es que ése era el objetivo, se multiplicaron (no así el pensamiento crítico).

Pero los que hemos podido conocer a la Autónoma en todas las facetas (como estudiante, docente, gobernabilidad, investigador), sabemos que la Autónoma dista de ser una verdadera Universidad.  Si acaso, una escuelita con un elevado presupuesto.

Pero vayamos más profundo: metamos el dedo en la herida, en esa institución que se contenta de que hace unos años estaba en el puesto mil cien de un ranking de mil doscientos. En Universidades de afuera del mundo, y hablo, desde lo descolonial: Universidades como la Autónoma de México, la Nacional de Costa Rica, la Universidad de São Paulo, la de Buenos Aires, cada docente es especialista —tanto curricular como en investigación— en un área. Son doctores, postdoctores, que han dedicado su vida y profesión a un rama de conocimiento en específico.

Recuerdo que, recién salido del país, llevé una clase de Temas Especializados en Teoría Lingüística, en la Universidad Estatal del Amazonas, y mi profesor era alguien que, siendo americano, era regularmente invitado a universidades en Europa para impartir cátedras de Latín. Y sus clases eran magistrales, llegaba, citaba autores y números de página, le preguntabas sobre lo que te gustaría investigar y él te orientaba sobre qué metodología o teoría utilizar.

¿Será que pasa eso en la Máxima Casa de Estudios? No sé, yo nunca lo vi. ¿Cómo podemos hablar, entonces, de descolonizar el conocimiento? Si no hay conocimiento. Ni tampoco una conversación íntegra y continua con investigadores afuera del país.  Porque un académico es eso: un conversador.

Para pensadores que han abordado esta problemática (Ángel Rama, Mignolo, Eagleton, Dussel), la construcción de conocimiento no es ajena a la posición geográfica, política e histórica. En palabras simples, si soy latino, debo investigar como latino, no silenciar, por un erróneo concepto de universalismo, mi latinidad. ¡Que los españoles se queden con Cervantes!, y los ingleses con Shakespeare; yo quiero saber de Juan Ramón Molina, de Ramón Amaya Amador, de Michel Laub, Bernard Kucinski, Pedro Mairal. Y hablo de literatura porque es mi área. Siempre he sentido enemistad por los todólogos: pretender saber de todo es confirmar que no sabés de nada.

Incluso para hablar de La Conquista y la Época Colonial (que equivocadamente se han enseñado como el origen de América), hay formas de hacerlo. Walter Mignolo planteó que existen los «discursos coloniales», es decir, aquellas afirmaciones sesgadas que surgen desde individuos que disfrutan del poder. Ya basta de estudios sobre las cartas de los conquistadores, recuperemos las voces casi extintas, del otro lado de La Conquista, del otro lado de la historia, porque ese «otro», ese otro somos nosotros.

Lo mismo cuando tomamos posturas ya consideradas universales, como el marxismo. El mismo Mignolo y en eso también entra Dussel, mencionan que, si vas a estudiar esas teorías —porque ya son teorías en todas las de ley—, podés hacerlo desde autores latinoamericanos.  Así, con algo tan sencillo y que algunos considerarán un «hueco legal», es el primer paso a descolonizar el pensamiento. Dussel cuenta en una de sus muchas conversaciones sobre Descolonización —y que encontrás, en su mayoría, en Youtube—, la anécdota de dos pensadores latinos (no recuerdo los nombres, mi memoria no es tan buena), y uno de ellos era profesor en una universidad española, dando clases sobre Literatura Española. Y el otro, que andaba de visita, le recrimina que por qué siendo él latino, está de acuerdo en impartir esa clase.  A lo que el otro le responde: —Sí, estoy enseñando Literatura Española, pero lo hago como Latinoamericano. De eso se trata. De comprender desde dónde estás hablando; y hablar con fuerza.

Los mejores académicos que he conocido en el país, lastimosamente, no son académicos, y es aquí donde quiero citar aquella máxima de Umberto Eco: “Para mí, un intelectual es una persona capaz de crear conocimientos nuevos haciendo uso de su creatividad. La creatividad crítica —el espíritu crítico para analizar lo que hacemos o inventar formas mejores de hacerlo— es la única medida de la actividad intelectual. Un catedrático de filosofía que se pasa la vida repitiendo una misma clase sobre Heidegger no tiene por qué ser un intelectual.»

En este país nos quejamos de haber tenido pedagogos en el Ministerio de Salud, reguetoneros en COPECO, ingenieros en el Ministerio de Educación, pero nadie se ha puesto a pensar qué tipo de «académicos» son los que tenemos.  Y, tal vez, deberíamos de empezar por ahí. Pues, como dijo Harry Lewis: «la Universidad es el alma de un pueblo».  Pero, qué sabré yo de ser académico.  Si no ando colgado al cuello la distintiva cinta azul-amarilla.


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