Tiliche sale de la bocacalle que lleva al barrio Españita donde vive desde siempre, recorre la avenida principal de Ojojona, llega a la Plaza Central y uno a uno va revisando los basureros del Centro Histórico en busca de algo de comer.

El sábado por la mañana Tiliche revisó los tres que están frente a la alfarería de Emiliano Temístocles España y, aunque no tuvo éxito, no hizo ningún gesto de decepción o amargura. Sólo caminó y se arrimó junto a la Iglesia de El Carmen a observar un grupo de adolescentes que insinuaban elaborar un proyecto de ciencia.

Gerardo Hernández Aguilar, su nombre de pila, está en el consciente colectivo, sabe que como puede ser centro de atención, también suele pasar desapercibido en la comunidad. Quizá esta sea la primera razón por la cual cuando uno se le acerca algo se activa en él que le impide conversar. Y si lo hace, responde con respuestas evasivas o disparates que bien motivarían pensar que está loco.

Pero, no está loco. Eso se puede averiguar en la mirada. Su existencia deambula en un estado anímico que descubrió entre infusiones de floricundas y dormilonas que se lo llevan a mundos que conoció, le gustaron y, por tanto, decidió quedarse allí para crear el suyo. Es inofensivo a la gente. De vez en cuando presta servicios, aunque prefiere sumergirse en su leve misantropía, pasar la vida al lado suyo, disfrutar de él, reírse con él mismo, ya sea para autodestruirse, ya para trascenderse.

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Tiliche tiene cuerpo menudo, tez trigueña, pelo liso y ojos negros y ha de medir un metro sesenta, lo que lo hace verse como un niño. En recientes ocasiones se lo vio yendo a botar basura para ganarse el almuerzo donde Rosa Benita, quien le tiene bastante aprecio.

Don Víctor Valladares también da buen testimonio de él. Dice que Tiliche siempre pasa a las diez de la mañana por un café. También le regala un par de pesos que gasta en cigarrillos.

Personaje de apariencia descuidada, sí. Existe gente que se le aparta, claro. Y si no lo conocen, ¿con mayor razón? Pero esta actitud acre y exclusiva quizá responda a que como humanos estemos expuestos a estas condiciones. De alguna manera, lo que vemos en él está en nosotros, por eso habrá gente que lo rechaza.

A Tich o Tiche, según quien lo aborde, se lo vio muchas veces caminar la Carretera Panamericana, tal vez la recorrió en busca de manjares, para gozar su libertad o por el simple motivo de hacer un poco de cardio.

Durante nuestra fugaz entrevista le pregunté a qué se dedicaba antes… Sin abrir mucho la boca, solo dijo «bombero» (de gasolinera), suficiente para acompañarle a esta palabra una penetrante fragancia oscura y silvestre.

Después de cuatro o cinco minutos se sentó en una grada y tan pronto como se hubo sentado, y como si recordara algo que debía ser atendido con extrema urgencia, se fue casi corriendo. Media hora después apareció con otra camisa, algo más deportivo, juvenil y, sobre todo, adecuado contra el calor. La última vez que lo vimos se hundió entre la Iglesia San Juan Bautista y la fuente del parque. Iba feliz. Siempre lo está, o por lo menos, es lo que aparenta.

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